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jueves, 14 de enero de 2010

REFLEXIONES DESDE EL HORIZONTE





Joaquín Patinir -travesía por la laguna Estigia




Hay muchas maneras de morir:
Lao Tse, a lomos de un bicho, se incorpora al polvo estelar;
Buda, por la indigestión, se encuentra con el buscado nirvana;
Sócrates, por la cicuta, es fiel a la autenticidad de sí mismo;
Jesús, por el sufrimiento, evangeliza su causa perdida;
Tolstoi, arrastrado por un tren, busca su soledad.
Pero también muere,
quien vive destruyendo la conciencia de sí
o pisoteando el amor a los demás.
Y aquel que no ayuda
y quien no se deja ayudar.

lunes, 4 de enero de 2010

SINGLES

Narciso, enamorado de sí

La conoció por una excursión espléndida que organizó el single solitario de turno de la reunión semanal en el vestíbulo-cafetería de un hotel. Separada había sido abandonada por el enésimo joven sonrosado.

Pero qué hermoso fue aquel tiempo y que delicioso le pareció el amor. Un mínimo apretón estremecía su cuerpo. Se le había convertido en indispensable como se hace necesaria el agua en el desierto y si no se tiene se imagina como espejismo. Le descubrió el sentimiento adormecido en muchas décadas y lo despertó de nuevo a la vida. Fue como una antorcha que inflamaba el calor del deseo. Sin embargo, constantemente le recordaba que no era su tipo y, él se preguntaba, ¿Qué noción de tipo pueda concebir su cabeza? Además le decía que “no quería hacerle daño” y, él pensaba que daño podía hacerle, si era su descubrimiento. Con el transcurso de los días llegó a reflexionar como el amor puede hipnotizar a una persona y en que ingenuidad se puede caer. Ella lo quería como juguete en sus momentos de soledad y como eunuco que le divirtiese su provisional afectividad temporal. El quería hablar de los dos y necesitaba que le dijese que le quería. Pero ella, aunque alguna vez se le deslizaron lágrimas de compasión por sus mejillas, nunca llegó a decirle que le amaba y sólo hablaba de sus aventuras. Sus miradas de ternura siempre eran evasiones. Decía que era la forma natural de comportarse con todos, ¿sus amigos? El se sublevaba pues quería ser único y ella por su parte se enojaba.

Aquella primavera, se vieron a menudo durante dos meses. Pero aquel tiempo maravilloso fue horrible. Su amor era una actitud de piedad y de educación. Una y otra vez le repetía que lo trataba como lo hacía con cualquier otro amigo. Era pura vigilancia en el nacer de una cierta querencia. Si la unión física era para él garantía de unión y de igualdad con los otros con quienes la había tenido, a él se la negaba, decía que no le llenaba. No podía gozar del placer de contemplar desnuda a quien respetaba vestida. Y así la relación se quebraba entre el amor y la distancia. Sus ojos reflejaban que la relación era para ella algo esporádico como una reunión torpe con personas insulsas. Él la amaba sin poder hacer gran cosa para demostrarlo. Sin embargo, ella le aguantaba y así se convirtió en un don nadie. No llegó a deprimirse pues los escritos de él a ella le servían como contrapunto para el equilibrio perdido en las constantes relaciones desequilibradas y así las circunstancias los iba alejando y el muro interpuesto se iba consolidando en el olvido inexorable.

En realidad había otro que la incordiaba. Era un hombre inadaptado e inestable socialmente, de pocas luces pero, atractivo y embaucador. Muy seguro de sí mismo la ponía a cien sexualmente con su físico imponente y su coche de gran cilindrada como habitación de gran hotel. Pero ella, de vez en cuando, volvía a los brazos de Jorge su marido de clase alta y con dinero, aunque alcohólico y ludópata, en su estado de lucidez se manifestaba con finos modales. Con astucia de mujer consiguió imponer la rivalidad entre ellos, enzarzándolos en violencias y celos letales en una búsqueda de la pareja no compartida. Se convirtió en el epicentro infernal de los movimientos de ambos gallos, haciendo creer a sus varones que sus mutuos encontronazos servirían para dominar la situación de la fémina de ambos. Pero consiguió que ella como tesoro escondido no se pudiese encontrarse a la primera de cambio y en esta generación de un mundo liberado en que la rivalidad sexual sólo es capaz de proporcionar indiferencia, puso en marcha una nueva elección sentimental para rechazarlos.
Con la seguridad de su independencia económica por el trabajo y su capacidad de femenina calculadora, prescindió de la hipergamia, es decir, de emparejarse de nuevo con el espécimen-hombre mejor posicionado y cansada de tanto pavo real emperifollado y del repertorio sonoro de mirlos, se escabulló y eligió a una amiga bobalicona y rolliza para encandilarse en el disfrute de su iniciada menopausia y del amor entre iguales, sin necesidad del dimorfismo sexual.

Ellas habían congeniado y descubrieron que el amor entre mujeres se hallaba en la misma finísima frontera que separa el amor de una mujer por un hombre. conscientes de ello, ambas damas, sin perder su exclusividad se integraron además en el grupo mixto el “picoteo”, de los “singles” separados–divorciados, donde el grupo de mujeres guapas se quedaban paralizadas en el espasmo de su belleza personal y se veían como animales hermosos que se desperezaban a la luz del sol. Y cuando convenía al tintineo de su clítoris, en comunicativas cenas inocentes y grupales, se dejaban tirar solapadamente por el varón ignoto y lascivo ya que en la atracción sexual nada triunfa tanto como la misma atracción autoabasteciéndose. En consecuencia, nunca estaba de más un “polvo exprés”, en el que las puertas celestes se abrían y se entrelazaban como flores en primavera, al tiempo que pensaban que echar “una cana al aire” era como hacer un favor al varón y darles la oportunidad de ser tales. Seguían la regla de W.S. Gilbert en “Trial by jury”: “el amor, si no cambia, empalaga” y así abrían las valvas de las puertas de su cuerpo para colocar al pasante en el aljeifar de la ventana con el propósito de que se lanzase voluntariamente, en su soledad, al vacío del deseo eterno.

Aunque ello revelaba más el retrato de lo que imaginaban intentar hacer, de lo que en realidad hacían, sin embargo no por ello, les resultaba menos interesante y más provocativo. Porque es paradójico que a pesar de que los hombres, que se sienten astutos como zorros, se vanaglorian de copular con múltiples mujeres, lo cierto es que éstas son fisiológicamente más capaces de mantener más relaciones sexuales que los hombres y tienen la posibilidad de excitarlos más fácilmente con su anatomía que los hombres que son más propensos a incitar a la repulsión si su anatomía es lo primero que muestran. Así la mujer que se desnuda espontáneamente delante de un hombre, causa en éste siempre la sensación placentera del batir de una delicada mariposa, al contrario del hombre que lo hace delante de la mujer generalmente provoca la sensación del crujido molesto del zumbido de un abejorro.

Así, despreció al primero, el amante, que le había hecho gozar intensamente pero que le violentaba por su cruel rudeza y sus pocas posibilidades y se olvidó del amor del segundo, su marido, porque no le llenaba y le aburría, pero que le dio hijos que como hembra deseaba tener del macho, para que aquellos le diesen nietos y así sucederse de generación en generación. Siempre había pensado que la reproducción era la mejor forma de que los genes se propagasen.

Y así, marido y querido, cornudos y buenos sementales, a pesar de sus narcisos cuerpos modelado por el gimnasio y repletos todavía del barato y fácil esperma, pero sin energía, al tiempo que se zambullen en una irremisible oscuridad, fueron dejados a su albur para invertir tiempo y dinero en criar a los hijos propios por las justas dietas de manutención y engañados por el cuclillo de poligamias diferidas, tuvieron que dedicarse simultáneamente a la cría de los hijos de otras hembras. Situación que se convirtió en ambiguo y conflictivo problema con los hijastros ya que si a la paternidad consciente asaltan dudas con sus supuestos hijos, ¿qué sucederá con los hijos de los que están seguros, que no son los propios?

lunes, 30 de noviembre de 2009

NINFAS EN LA FUENTE

Salvador Dalí -ninfas en la fuente
La delicada e impactante imagen de la muchacha lavándose el cabello sobrecogió al viajero de tal manera y con tal gozo estético como si se tratara de un cuadro de sol naciente. Fue una escena dulce y gratificante clavada en su retina para siempre.
Mesita baja pero, podía ser silla de madera. Encima un librillo lleno de agua y una muchacha doblada con agraciado cuerpo y bombeado en ángulo. Su doblez traslucía pensamientos sin palabra e insinuaba turgentes pechos de traviesa ternura. Su mata larga de liso cabello color miel, caía canelado sobre la palangana como cascada reluciente y en celada por su cara morena, que, chorreante de agua, dejaba traslucir resplandecientes ojos cándidos y graciosas mejillas. Sus manos manipulaban la cabellera y mostraban su tierno cuello bajo el cual se disponía con gracia un esbelto tronco cubierto con camisola al que se sujetan armónicamente por ambos extremos delicados y tiernos hombros. El olor de su piel y de sus cabellos mojados ofrecía a los sentidos verdadera seducción y era tan linda y tiernamente vulgar aquella figura de mujer de cabellera acuosa que despertó, por un instante, la cercanía del deseo y la suspensión de seductores sentimientos. El jovencísimo viajero gozó en aquel momento del derecho a soñar que cada uno se reserva en la soledad de su intimidad.
Más tarde, esta visión la tendrá presente para comprender la fuerza de aquellas imágenes de esquivas e inocentes flores, jovencísimas criaturas, que hicieron latir en el ensueño y con ritmo acelerado, el corazón de tantos, por la voluptuosa hermosura de su pubertad. Este, fue el caso de Lesbia para el latino, Gayo Valerio Catulo; el de Laura para el italiano Francesco Petrarca; el de Beatriz para el poeta Dante Alighieri; el de Alicia para el soñador Lewis Carroll o el de Lola, la nínfula de Vladimir Nabokot.

Pero entonces, se acordó de la contrapartida, el del personaje Perchas de Candel, en "Els altres catalans", que por aquellos días espiaba a las amigas de su mujer mientras se duchaban. Y comprendió que aquello era puro infantilismo al lado de las posibilidades actuales de voyerismo mirón cibernético, como el del malagueño que grababa a mujeres con una microcámara, en los probadores de un almacén comercial. El mirón ocultaba el dispositivo en un zapato vacío que lograba deslizar por debajo de la puerta del vestidor y enviaba las imágenes vía “bluetooth” a un reproductor MP-4 que llevaba escondido en sus bolsillos y que más tarde reproducía por internet. O aquellos "chikanos" (manoseadores) del ciberespacio tokiota que con cámaras adosadas a sus zapatos hacen fotos por debajo de las faldas de las muchachas niponas aprovechando la aglomeración de los metros. Y no hablemos del gran voyerismo comercializado de los programas “realities” de televisión como “Gran Hermano”.
Y que decir del mundo civilizado, que en nombre del derecho a la seguridad, con sus cámaras de video-vigilancia y escanérs corporales repartidos por aeropuertos, bancos, calles o lugares públicos, han endiosado el verbo “Ver”, bajo la excusa del control de los sistemas financieros, militares y transporte.

RÍAS BAJAS

Serpenteantes nieblas recorren la ría de Vigo
Aquellas Rías Bajas melosas y amplias que, en la costa Sur de Galicia suben esbeltas desde la frontera con Portugal hasta A Coruña en el cabo Fisterra, punto magnético del fin de la tierra, desde el que se puede comprobar como cada atardecer el mar absorbe el sol.

Rías que surgidas del ancho dorso oceánico, se internan susurrando en la costa. Requiebros del océano que como zarpa majestuosa y delicada penetra en las tierras para abrazarse a la desembocadura de sus ríos. Éstas, a su vez, en plena simbiosis con el océano, constituyen amplias entradas con éste formando contrafuertes y espinas dorsales. Como buques en pleamar y como mares hechos de piedra forman pequeñas penínsulas rocosas: la del Morrazo entre la ría de Vigo y la de Pontevedra con altura de 628 metros en el monte Domaio o la de A Barbanza entre la ría de Arousa y la de Muros-Noya con altura de 624 metros en Os Forcados.
Rías que siempre ofrecen la belleza de sus flores blancas de espuma como regazos de nuevas afroditas, cuando el océano lanza las erizadas aguas contra sus rocas y acantilados. Rías que sufren pacíficamente en su océano con la llegada del otoño, la purga de algas que cubrirán los arenales de sus costas convirtiéndolas en verdes campiñas. Rías que aguantan con estoicismo el arrastre de plomizas nubes lluviosas y serpenteantes nieblas por los vientos del Sur-oeste, al estar ligeramente encaradas hacia esa dirección.

martes, 24 de noviembre de 2009

DESDE EL HORIZONTE DEL TIEMPO

Nebulosa del Aguila -Messier 16


En instante de eternidad, del presente infinito, era el tiempo que acogía el vacío de las inmensas masas oscuras del caos. El momento congelado se abrió al estallido explosivo de una deforme y polvorienta niebla gaseosa concentrada en el azul tibio que se esparció en el espacio dilatándose incesantemente hacia el rojo opaco. En esta explosión del vacío, pilares granulados de gas y polvo, livianos como volutas de humo aparecieron por ensalmo en la elástica e inmensa extensión arrastradas por vientos radiactivos. Eran espículas, penachos que surgían de la eclosión, protuberancias del flujo de los gases calientes en movimiento vertiginoso de ondas que atrapadas proporcionaban frecuencias a modo de vibraciones sonoras. La explosión atravesó el sideral universo a velocidades astronómicas y con movimientos multidimensionales, acompasados de armónicos impulsos rítmicos se deslizaba por el universo etéreo del cosmos en un encaje de brumas de cimas y valles. A modo de aliento, en el más allá sobrecogedor, resoplaba y se expandía la nebulosa hacia lo desconocido, hacia todo aquello que se salvó en la memoria del estruendo.